Relato #5

De cuando mi jefe trató de impedir mi postulación a un proyecto con actitudes dilatorias, que escalaron a maltrato verbal, físico y psicológico, y de la huella que dejó en mí esa experiencia.

Diez años atrás, Mientras trabajaba en otra institución, necesitaba me entrevisté con mi jefe directo para estaba postulando a un proyecto y necesitaba gestionar una carta de apoyo firmada por mi jefe para el patrocinio para postular a un proyecto universidad. Para ello, mi jefe directo el decano (una persona egocéntrica y narcisista, con mucha necesidad de admiración y validación; nunca fue de mi agrado) debía firmar una carta con su visto bueno entregarme una carta firmada y timbrada, para luego ser presentada en la Dirección de Investigación.

Solicité la carta insistentemente a través de todos los medios formales, sin obtener respuesta. Ya con los plazos llegando a su fin, fui citada a su oficina a una reunión con mi jefe la oficina a su oficina del decano para – según sus palabras – “conversar sobre el proyecto. Cuando llegué a la reunión el decano mi jefe abrió su computador muy parsimoniosamente y comenzó a leer línea por línea el documento con el proyecto que yo le había enviado que yo le había enviado como respaldo para solicitar el patrocinio.
Leía lento, pausado, en voz alta, haciendo comentarios al margen, sin aparente interés por avanzar. Después de un tiempo que no logro recordar, lo interrumpí para preguntarle si me iba a firmar la carta o no, porque me tenía que ir y ya no podía seguir esperando. Me contestó molesto, diciendo que estaba dentro de sus atribuciones demorarse cuanto quisiese en definir cuánto se demoraba en firmar. Le respondí que muchas gracias, y que entonces prefería no continuar con mi postulación. Me puse de pie, y no alcancé a darme media vuelta cuando comenzó a increparme fuertemente diciendo que escuché un recibí un grito de enojo, de esos gritos profundos, con el decano increpándome fuertemente y diciéndome que ¡cómo se me ocurría pararme e irme!, que ¡qué me había imaginado! y que ¡volviera a sentarme de inmediato! porque ÉL no había dado por terminada la reunión, entre otras cosas que no logro recordar.
Junto con ello , el decano (un hombre alto, de contextura gruesa) tomó una carpeta con papeles que tenía sobre su escritorio y me la lanzó directamente. No experimenté un dolor físico intenso, pero aún recuerdo el impacto de los papeles en mis brazos, es increíble como la memoria táctil recuerda estas cosas. Yo Seguí de pie, lo miré directamente a los ojos, respiré profundo y le dije que había sobrepasado todos los límites permitidos, que yo era una persona libre de pensar, sentir lo que me diera la gana que me podía ir con libertad desde donde yo quisiera y que él no era nadie para hablarme así, ni para maltratarme y faltarme el respeto. El decano Se sentó, estupefacto, abrió sus ojos claros y palideció, creo que nadie le había dicho en su cara algo así. No pidió disculpas, sino que dijo en voz baja cobardemente que estaba muy alterado por otros motivos , que no era su intención, entre otras cosas y comenzó a hablar con miedo. Le dije que nunca más volviera a atreverse a levantarme la voz ni a mí ni a nadie y que no se tomara ninguna confianza conmigo, porque no la tenía.

Me di media vuelta y me fui. (de paso me di cuenta de que la secretaria había escuchado todo y corrió al auxilio del decano mirándome con desconfianza). Salí del edificio y lloré de rabia. Lloré todo el trayecto hasta llegar al estacionamiento. Lloré camino a buscar a mi hija a la sala cuna. Lloré camino a casa. Al pasar unos días, decidí hacer pública la situación que había vivido con el “lanzamiento de la carpeta” en una reunión con el director de departamento y otros colegas. Solo una persona En dicha reunión el director fue receptivo, pero se notaba que tenía miedo y me pidió pruebas. Otra colega (profesora titular en ese momento) salió en mi defensa diciendo que ella daba fe de que yo decía la verdad, porque el mismo jefe ya que el decano la había citado para confesar su falta ante ella. falta. pecado” (el decano era además un católico ferviente) y básicamente le había dicho exactamente lo mismo que yo. Acto seguido, Los demás presentes en la reunión buscaron excusas para justificar al decano en base a su justificar la situación con el proceder con la denuncia, llegando a la conclusión de que el decano había dado muestras de arrepentimiento del jefe al hacer su confesión y que ello lo exculpaba. De más está decir que el jefe nunca me pidió disculpas a mí, y que nunca más pudo mirarme a la cara.

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